Las normas y las reglas se hicieron para cumplirse, pues son las que evitan el caos en nuestra vida, en nuestra convivencia con los demás y evitan las anarquías en los pueblos. Hasta Dios nos estableció reglas, los diez mandamientos para una sana convivencia. Cuando seguimos las normas o reglas estamos respetando el espacio de otros, porque se nos establecen límites y orden. Cuando violamos esos límites, le hacemos daño a los demás. Pero, que difícil se nos hace, porque pensamos que al hacerlo nos humillamos. Esto no es ciero, por el contrario, demostramos que valoramos a la otra parte, que sentimos aprecio hacia la persona, no importa si la conoces o no.
Lo lamentable de todo esto es que no es real, porque mientras decimos que sí a todo, uno es bien bueno, pero a la hora de decir que no porque rompes las reglas o reclamas tus derechos, eres malo. Te desprestigian y te descarnan. Existen momentos en que se deben modificar o flexibilizar algunas normas de acuerdo a cambios generacionales, porque se vuelven arcaicas, pero en esencia las reglas siguen siendo las mismas. Todas nos llevan a un mismo lugar: el respeto a la propiedad ajena y a la persona a la que pertenece.